— zoraya

Un amante de pelo canoso

A mis 23 años, con unas notas excelentes, había terminado mi carrera de Derecho, y logrado conseguir un empleo en un bufete de abogados muy bien considerado. No estaba bien remunerado, pero yo me sentía orgullosa de tener la oportunidad de aprender de los mejores.

Mi puesto era el de ayudante, me encargaba de hacer fotocopias, traer cafés, traer y llevar paquetes, archivar, pasar informes… pero también me daba la posibilidad de asistir a juicios y reuniones en donde intentaba aprender todo lo que podía.

Todo el mundo iba elegantemente vestido, y yo quería estar a la altura. Lucía siempre finos vestidos o conjuntos de falda y blusa, complementados con unos buenos zapatos de tacón alto que hacían que mis curvas se realzaran.

Uno de los abogados, Fernando, un hombre serio, unos 30 años mayor que yo, siempre impecablemente vestido con su traje, su pelo canoso peinado hacia atrás y perfectamente afeitado, aprovechaba cualquier momento para cruzarse en mi camino o acudir a mi mesa disimulando con cualquier escusa, para aprovechar y deleitarse mirando mi escote. Yo lo veía como algo normal, mi pecho siempre había atraído miradas, pues aunque intentara disimularlo los ajustados vestidos aprisionaban mi busto dibujando su amplio contorno, que en contraste con mi estrecha cintura se veía todavía de mayor tamaño.

Había empezado hablándome de forma cariñosa, algo que no me molestaba en absoluto, pues lo veía como un gesto amable en una profesión en la que todos quieren pasar por encima de los otros, sin embargo, poco a poco sus palabras se fueron tornando en piropos, primero muy suaves del tipo “que guapa vienes hoy”, “que bien te sienta ese vestido”… para pasar a susurrarme pequeñas obscenidades al oído, de fuerte carga erótica, y que si bien al principio me incomodaban, pasados unos días, producían escalofríos y una extraña sensación entre mis piernas. Pasaban las semanas y sus palabras habían pasado a ser descripciones de lo que podría hacerme si yo quisiera, y la mi entrepierna cada vez estaba más húmeda y caliente.

Nunca me habían interesado demasiado los chicos, desde que me había desarrollado eran muchos los que andaban a mí alrededor intentando que les hiciese caso, pero ninguno había logrado llamar mi intención, y si bien había tenido algún noviete, no habíamos pasado de besarnos y tocarnos. Con ninguno de ellos me había sentido preparada para dar un paso más, no conseguían que deseara estar con ellos en el sentido más carnal. Sin embargo Fernando solo con sus palabras había logrado que deseara tenerlo en mi interior.

Un día, a la hora de irnos, cuando tan solo quedábamos nosotros y otro par de abogados que estaban en la sala de reuniones, me atrapó contra la pared del pasillo, apenas me dio tiempo a reaccionar cuando su boca ya se había unido a la mía besándome con pasión y fuerza, respondí a su beso entrelazando mi lengua con la suya, no ofrecía ninguna resistencia, estaba dispuesta a entregarme a él. Noté una de sus manos apretando uno de mis senos, con la otra recorrió mi pierna y metió su mano entre ellas para alcanzar mi coño. Pasó por mi raja sus dedos, notando mi humedad, me sonrió y se llevó los dedos a la boca.

-Estás empapada y caliente, eso me gusta.

Volvió a besarme y luego mordió mi cuello, erizándome la piel, siguió bajando y agarró uno de mis pechos para llevárselo a la boca, besándolo, jugando con el pezón como si este fuese mi lengua. Llevó su mano a mi coño e inició un movimiento circular sobre mi clítoris con su dedo corazón, lo alternaba con suaves pellizcos sobre él, sus otros dedos se deslizaban por toda mi rajita esparciendo los flujos que salían de mi interior.

Reaccione y lleve mi mano a su miembro, lo acaricié sobre el pantalón y tras desabrochar el cinturón, logre sacarlo de la prisión de su pantalón y su bóxer. Sentía su dureza en mi mano era gruesa y caliente. Comencé una masturbación suave pero firme, aceleré el movimiento cuando la vista se me empezó a nublar, un orgasmo, el primero que alcanzaba gracias a un hombre hizo que mi cuerpo se estremeciera y Fernando tuvo que besarme con fuerza para evitar que mis gritos alertaran a nuestros compañeros.

Quería devolverle el favor y llevada por mis instintos más primarios me arrodillé ante él y admirando primero su grueso miembro y luego mirándolo directamente a los ojos, saqué mi lengua y lamí la cabeza de su pene. Fernando gimió secamente, indicándome que le gustaba, asique continué con la tarea, deslicé mi lengua alrededor de su glande, pasándola por encima del agujerito, seguí bajando, lamiendo todo el tallo e hice el recorrido al revés hasta llegar de nuevo al glande, esparcí mi saliva y su líquido preseminal por toda su polla y la besé suavemente, jugando con mi lengua sobre él, decidí masajear sus testículos, acariciándolos con mi mano. En sus ojos entrecerrados podía notar el placer que le estaba proporcionando. Decidí que era el momento y poco a poco me metí su enorme polla en mi boca, dejando que notara como iba entrando. Cuando la tuve casi del todo dentro, la rocé con mi lengua y empecé a mamársela cada vez más rápido, permitiendo que de cada embestida se metiese más hacia mi garganta, hasta que sentí como su cuerpo se tensaba, sus manos apretaban mi cara contra su entrepierna, y tres chorros de su delicioso semen salieron directos hacia mi boca. Mantuve su polla allí limpiándola con mi lengua, esperando a que se deshinchase, luego lo besé.

-Soy virgen- le susurré y le guiñé un ojo mientras salía por la puerta en dirección a mi casa.

Durante esa tarde tuve que masturbarme tres veces para aliviar la excitación que todavía manaba de cada poro de mi piel. Decidí tomar el control de la situación, quería perder mi virginidad, ya era hora, y quería que fuese con él, era perfecto un hombre experimentado, fuerte, que me había regalado mi primer orgasmo en compañía masculina.

Al día siguiente sus ojos no se apartaban de mi cuerpo, su mirada le delataba, me deseaba tanto como yo a él. Nos cruzamos en el mismo pasillo en donde el día anterior habíamos disfrutado tanto, y choqué contra él a propósito, mi mano se aferró a su polla masajeándola por encima del pantalón.

-Hoy no te vayas, esperaremos a que todos se marchen, tengo un regalito para ti- le dije al oído.

Se quedó sin palabras, pero su cara respondió por él.

Cuando nos quedamos solos, fui a su oficina, me sentía la mujer más sexy del mundo en ese momento, mis caderas se contoneaban más que de costumbre a cada paso que daba con mis tacones, mis pechos se bamboleaban pareciendo que iban a salir del amplio escote de mi camisa y mi cara era la imagen de la lujuria.

Entré en su despacho y cerré la puerta con el pestillo, sin dejarle hablar, me desabotoné la camisa y la saqué, bajé la cremallera de mi falda dejándola caer, quedándome tan solo con el pequeño conjunto de lencería de encaje negro y los tacones.

Me lancé sobre él y lo besé, apretando mi cuerpo contra el de él, sintiendo su respiración agitada.

Me separó y me sentó sobre su mesa, admirando mi anatomía, se acercó a mí y con suavidad me besó en los labios, deslizando sus manos por todo mi cuerpo, desabrochó mi sujetador tirándolo a un lado. Rozó con sus labios mis pezones, mi cuello, las axilas, mi ombligo…

Tiró de mis braguitas, y yo levanté el culo para ayudarle a sacármelas, las cogió y aspiró el aroma que mis flujos habían dejado en ellas. Me dejó tan solo los zapatos, acarició mis piernas y se sentó en la silla acercando su cabeza besó mis muslos, mis ingles hasta que llegó a mi coñito, pasó su lengua por él.

Su ávida lengua recorría cada rincón de mi raja, centrándose en mi clítoris, rodeando mi virginal agujerito e introduciendo su puntita en él. Poco a poco se fue desnudando, yo quería devolverle el favor, volver a meterme su polla en mi boca, pero él me lo impidió.

-Este es tu momento, quiero que lo disfrutes al máximo.

Tras un buen rato llevándome al cielo con su lengua, y provocándome dos orgasmos, pasó su mano por mi entrepierna humedeciéndola en mis jugos, y sin dejar de succionar mi clítoris metió poco a poco uno de sus dedos, follándome con él cada vez más rápido.

Cuando estaba a punto de recibir mi tercer orgasmo separó su boca de mí, se puso de pie, agarró la polla y la deslizó por mi raja varias veces, lubricándola, haciendo que la desease dentro de mí cada vez que rozaba mi clítoris, me besó, con una mano colocó su miembro en la entrada de mi vagina y fue empujando lentamente. Mi excitación y la humedad de mis fluidos hicieron que el glande entrase fácilmente, era una sensación maravillosamente intensa. Con cada empujón la sentía más adentro, hasta que noté algo romperse en mí interior, un pequeño grito fue la respuesta al robo consentido de mi virginidad, pero nada comparable con los gritos de placer que proferí cuando sentí toda su polla en mi interior. Llenaba por completo mi estrecho coñito, mis caderas se alzaban buscando más placer, Fernando levantó mis piernas para que la penetración fuese más profunda y me corrí, las paredes de mi vagina apretaron su polla, pero el logró aguantar sin correrse para darme más placer. Me levantó sin salirse de mí y sentándose en su silla, quedé sobre él, esta postura me daba la oportunidad de besarlo, de controlar la situación, y él podía ver mis tetas saltando al compás de mis sensuales movimientos. La intuición me guiaba a ondular las caderas, a sacarme casi del todo esa magnífica polla y volver a metérmela de un golpe, cada vez más rápido, la mano izquierda de Fernando apretaba uno de mis pechos, mientras que con la derecha empezó a acariciar mi culito, luego metió sus dedos entro los cachetes y buscó mi ano, lo acarició, y metió la punta de su dedo en él. Esta nueva sensación lejos de disgustarme me llevó a un orgasmo tan fuerte que consiguió marearme, las contracciones de mi vagina no cesaban y Fernando se corrió entre gemidos llenando mi útero de semen. Nos quedamos un buen rato así besándonos, hasta que su polla completamente flácida salió de mi interior dejando un reguero de semen, fluidos y algo de sangre.

A partir de ese día nos convertimos en amantes, Fernando estaba casado, pero yo no conocía a su mujer, por lo que sentía de todo menos culpabilidad. Sin embargo no estaba muy lejos el día de conocerla.

-¿Qué te parece si vamos a cenar esta noche?-preguntó.

-Sí claro.

-Muy bien a las 21:00 nos vemos en el restaurante Alib.

Estaba nerviosa, no sabía cómo vestirme, nunca habíamos tenido una cita, habitualmente íbamos a hoteles o si nos calentábamos mucho utilizábamos su despacho. Me decidí por un nuevo conjunto de ropa interior de encaje blanco, zapatos de tacón rojos y un vestido negro ajustado con la espalda descubierta, era corto ya de por sí, pero al subirme a los tacones, se veía todavía más cortito, tapándome solo lo necesario.

Cuando llegué al restaurante, el metre me hizo pasar a uno de los reservados, sonreí, Fernando quería jugar. Pero mi sonrisa se cambió por una cara de sorpresa cuando al entrar vi a una mujer que se giró a mirarme. Tendría unos 45 años, era menuda y rubia e iba vestida muy similar a mí, solo que su vestido era blanco.

-Ana, esta es Sol, mi esposa-dijo Fernando presentándonos.- no te preocupes, somos una pareja muy liberal.

Yo no sabía que decir ni que hacer, mis mejillas enrojecieron al instante, lo maldije por no prevenirme. Los saludé a ambos con dos besos. Me senté en el sitio que había libre, al lado de Sol. Al principio me sentía cortada, pero entre el vino y la simpatía de Sol, poco a poco me fui soltando. Era muy amable y la conversación con ella resultaba muy amena, al principio hablábamos de trabajo o aficiones, pero la charla se fue tornando cada vez más picante, cada vez que entraba el camarero un hombre negro fuerte, nos reíamos entre nosotras cuchicheando de si sería verdad la leyenda sobre el tamaño del miembro de los hombres negros.

Cuando saboreábamos el segundo plato, sentí la mano de Sol sobre mi muslo, me acariciaba con los dedos, no sé si por el efecto del vino, pero me acerqué más a ella. Acercó su boca a la mía, pasó su mano por detrás de mi cabeza acercándome e introdujo su lengua en mi boca. No era mi primer beso con una mujer, durante mi adolescencia mi amiga Rosi y yo empezamos besándonos para “practicar” y al final nos masturbábamos mutuamente o nos chupábamos la una a la otra hasta alcanzar el orgasmo.

-Mi marido me ha contado me fue él quien te desvirgó, y no te imaginas lo caliente que me ha puesto describiéndomelo- dijo Sol.

La mano de Sol alcanzó uno de mis pechos y lo aprisionó con sus dedos apretándolo suavemente. Yo me dejé llevar, por el rabillo del ojo podía ver la sonrisa de Fernando, disfrutando del espectáculo. Estiré mi pierna, tras quitarme el zapato, y alcancé su entrepierna, su miembro ya estaba fuera del pantalón mientras su dueño lo acariciaba. En cuanto entró el camarero nos pusimos serios, como si nada estuviese sucediendo, pero no pudimos evitar que viese el pene de Fernando fuera de su pantalón cuando fue a retirar los platos y a dejar el postre. A nosotras nos hizo gracia la situación y el camarero salió rojo como un tomate.

En cuanto cerró la puerta Sol apartó mi plato de fruta y se sentó en la mesa en frente de mí, no llevaba ropa interior y su coño depilado brillaba por los jugos que salían de su agujerito, cogí con mi dedo la nata de mi postre y la extendí por toda su raja, para después deslizar mi lengua saboreando esa mezcla tan dulce, metí mi lengua en su interior haciéndola vibrar, moviéndola en círculos. Sol no dejaba de gemir agarrando mi cabeza contra ella, le di la vuelta y quedó a cuatro patas, podía ver su coño hinchado palpitando ante mí, cogí más nata y esta vez la esparcí sobre su ano, pasé mi lengua sobre él bajando hasta su vagina y parándome en su clítoris. Ella se apretaba los pechos gimiendo como una loca. Abrí su agujerito y metí un dedo que se deslizó con facilidad en su interior, lo moví despacito, pero ella inició un vaivén con sus caderas pidiendo más. Agarré uno de los plátanos de la fruta que habían traído de postre, y tras chuparlo, lo pase por su húmedo sexo y se lo metí de un golpe. Lo moví fuertemente en su interior, penetrándola mientras mi mano izquierda masturbaba su clítoris y mi lengua lamía su ano. Sentí la mano de Fernando apartando mis braguitas, metió sus manos entre ellas y pellizcó mi clítoris, su polla estaba apuntando a mi agujero y en dos golpes estaba toda dentro. Me sentía muy caliente, ver a Sol disfrutando de mis atenciones y tener ensartada la polla de mi amante era demasiado para mí.

Sol empezó a correrse, tensó su cuerpo y yo metí el plátano todo lo que pude en su interior mientras sus flujos empapaban mi mano y su ano se contraía aprisionando mi lengua. Cuando su orgasmo empezaba a cesar, comenzó el mío, mi clítoris estaba más hinchado que nunca y mi vagina se contraía apretando la polla que me estaba follando. Los jugos se deslizaban por mis muslos, pero Fernando continuó follándome. Sol se acercó y colocándose debajo de mí cambio las manos de su marido por su boca, succionando mi clítoris. No pude resistirme y acerqué mi boca a su sexo para comérselo de nuevo, su olor me estaba excitando todavía más. Me volví a correr convulsionando, apretando con mis músculos vaginales la polla de Fernando, que no aguantó más y se corrió en mi interior, aumenté el ritmo de mis lamidas y los gritos de Sol nos indicaron que ella también había acabado.

Descansamos un rato y nos arreglamos para salir a la calle. Nadie se podía imaginar lo que acababa de pasar en aquel reservado. Parecíamos una familia, unos padres con su joven hija, pero éramos una pareja de tres. No fue la última vez que disfrutamos los tres juntos. Pero eso es otra historia…

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